Vítor Blanco

No es preciso hacer arqueología marica para empezar a tirar piedras

El 19 de abril de 1991, en el seno del Colectivo Gay de Madrid (COGAM) se produce una escisión que marcará una década. “El okupa”, “la euskaldun”, “er de Cadi”, “La Gwendy”, “Carlitos Mogollón”, “Ella”, “La Joze” y “Rix” se rebelan contra el apolitismo y la des-ideologización de una asociación que comenzaba a dar tímidos pasos hacia una estrategia legalista y negociadora, desprovista de discurso crítico. Semanas después nace La Radical Gai, colectivo marica ejemplificador de una nueva época revolucionaria en el activismo madrileño. Tendencia radical que se consolidará con el nacimiento, en 1993, del colectivo bollero LSD.

A LSD y La Radical Gai debemos la repolitización del discurso LGBT+. También la reapropiación del insulto (“marica”, “bollera”) en una postura anti-integradora e híper-identitaria, que, en la línea de los movimientos queer occidentales contemporáneos, entendían la identidad como una postura estratégica y política, des-esencializada y articulada como herramienta de disidencia y resistencia. Por otro lado, marcaron un giro corporal que rescribe el activismo desde el cuerpo cotidiano y visible, en contraposición a las luchas silenciosas y escondidas de la estrategia legalista. Una corporalidad motivada por la lucha política contra el sida que sacude con especial gravedad la época. Más allá de la simple prestación de servicios, LSD y La Radical Gai vieron la necesidad de un contra-discurso político ante el rebrote homófobo, simbólico y tanático que emergió desde las instituciones y la sociedad. Una nueva homofobia –o la continuidad de la ya existente– basada en el silencio ante la pandemia y en la condena al destino adverso de los cuerpos infectados, desposeídos de subjetividad y deseo.

Desde la lucha callejera de acción directa, mediante la producción de folletos y octavillas, la redacción y diseño de fanzines (De un plumazo y La Non Grata) o la producción de contra-discursos que desarticularan las bases simbólicas y epistemológicas de la homofobia social; estas activistas protagonizaron una lucha subversiva, reivindicativa y agitadora. Un frente de batalla del que todavía seguimos bebiendo y que, todavía hoy, se muestra con urgente necesidad de librar.